Memorias de un cautivo (2/3)

CONTEXTO:

Como relaté en los anteriores artículos históricos que veréis en la parte inferior de este artículo, mi familia, por parte de madre, estuvo presente en la Guerra Civil Española, así como en la Segunda Guerra Mundial. Tuvimos la suerte de que dejaron relatos de sus vivencias en la Guerra.

Los relatos que leeréis a continuación, son las memorias del hermano de mi Abuelo, escritas de su puño y letra y transcritas aquí con el fin de ver otra perspectiva existente en la guerra. Sólo se han omitido los nombres relacionados con mis familiares.

Todos los relatos se han acompañado de texto en cursiva con la intención de poner más contexto histórico en las historias.

Memorias de D. Vicente *** ***** (23/11/1916 – 05/05/2002) – Cuenca

Parte 2

El día 11 nos llegó la noticia que nuestro sumario lo habían remitido al Tribunal Central de Espionaje y Alta Traición, con sede en Barcelona y que son trasladarían allí en fecha inmediata, cosa que se consumó en la noche del 12 al 13.

Los camiones en que nos llevaron estaban en la calle San Pedro y cuando íbamos a ellos, al salir de las Descalzas, unos ordenanzas me comunicó que en la subida desde la Plaza del Trabuco a la calle San Pedro estaban esperándome Petra y Aurelia para despedirme, como así ocurrió, dándonos unos abrazos muy cortos pero tan emotivos y tan llenos de verdadero amor como para no olvidarlos en la vida y más aún si recuerdo que fueron acompañados de un pan lleno de chorizos y tortilla.

En la expedición íbamos todos los de la Brigada y un buen número de civiles a los que he hecho alusión antes. Unos en camión con toldo y otros en aquellos autocares de varias puertas con carrocería ligera y toldo de lona de los que se servían los guardias de asalto. Íbamos custodiados por números de la Guardia Republicana, casi todos procedentes de la Guardia Civil, mandados por un teniente de igual procedencia que, si mal no recuerdo, se apellidaba Real y unos agentes del SIM bajo las órdenes del célebre Ismael. Me olvidaba decir que además de los dos grupos que he citado, también llevaron a Barcelona a unos cuantos Guardias Civiles y Seguridad o Asalto.

El Servicio de Información Militar (SIM) fue el nombre de la agencia de inteligencia y del servicio de seguridad de la Segunda República Española durante la Guerra Civil Española. El objetivo de este organismo era limitar las actividades de quintacolumnistas, anarquistas, “incontrolados” y otros desestabilizadores.1 Dado que se encargó también de las labores de represión en la retaguardia republicana, durante su corta historia no tuvo una buena reputación entre la población.

Al llegar al Puerto de Contreras, pararon los camiones y los agentes del SIM quisieron bajarnos para simulando una rebelión o evasión, aplicarnos la Ley de Fugas y acribillarnos a balazos. Entonces se entabló una gran disputa entre los del SIM y el teniente Real que dio que por encima de todo, él cumpliría la orden que recibió de sus superiores y a costa de lo que fuera necesario, entregaría en Barcelona a algún representante de Tribunal Central de Espionaje y Alta Traición a la totalidad de los prisioneros, como así ocurrió, cuando a primeras horas de la tarde del día 13 ateridos de frío y sin que nos dieran nada de comer, llegamos a Barcelona y nos metieron en las bodegas del barco Argentina, gemelos del Uruguay, los dos habilitados para cárcel. De cena nos dieron un caldo, más bien agua templada con unos, muy pocos, garbanzos duros como balas. Nos fuimos acomodando en las literas y enseguida empezaron a enseñarnos sus bigotes, unas enormes ratas.
Cuando no habíamos conciliado el sueño, sonó un timbre y nos ordenaron que tomáramos lo que tuviéramos y subiéramos a cubierta y luego, en varios camiones nos llevaron al castillo de Montjuic a los que estábamos en situación militar y a la cárcel modelo y otras a los civiles. En el castillo estábamos francamente bien, dentro de todo lo bien que se puede estar en semejante situación. La comida era aceptable pues teníamos asignadas las mismas raciones que la tropa en acuartelamiento o en los frentes.
Aquí hice buenas amistades entre catalanes como Majín Valdeperas, Mateu Manguillot, Cos, Llorens o Lloret, Rosell y otros, gracias a los cuales de vez en cuando era invitado a participar de las meriendas que recibían de sus familias, pues aunque como antes he dicho, las comidas eran aceptables no se podía evitar el olorcillo característico del rancho con sus inconvenientes al tener que cocinar para tanto comensal. Teníamos una cantina en dónde el que disponía de dinero podía tomar lo que le apetecía, tanto de comidas como de bebidas. Como yo andaba a dos velas, solo la visitaba cuando algún amigo me invitaba por alguna celebración.
He dicho que entre mis amigos catalanes contaba con Manguillot, del que luego hablaré y Rosell, un chico muy joven con una educación y formación ejemplar cuya profesión era la de tallista o quizá mejor tallador de joyería y cristalería. Hacía verdaderos primores en galatit, yo creo que entonces tratando de imitarlo se me despertó la afición o lo que es ahora mi hobby, los bastones. También de Cuenca conocía allí a Inocencio Chavarría y otro más, Pepe “el muletero”.
También, del Santuario de la Virgen de la Cabeza de Andujar, había un buen número de guardias civiles hechos prisioneros durante el asedio y posterior toma. De ellos quiero dedicar un especial recuerdo a uno bastante joven que, como consecuencia de una herida, le tuvieron que amputar un brazo y, manco, hacía maravillosos trabajos manuales, incluso tallas. Conocí al capitán médico Estanislao Orero Chávarri, prisioneros de Quinto o Belchite del que haré comentario más adelante.
Sin duda por mi condición de hijo y hermano de médicos tuve mayor contacto con los colegas de mis familiares, entre los que quiero recordar a Ángel González Paracuellos, Navarro y Lasobras, los tres tenientes médicos hechos prisioneros en la toma de Teruel.


Un buen día, a través de los altavoces, nos llamaron a Luis y a mí para que acudiéramos a uno de los salones de visitas y la verdad, nos asustamos, porque estas llamadas no solían ser para cosas muy agradables. Efectivamente teníamos visita del padre de Luis, Nicolás López Montoro y Juan Ángel, el de Belmontejo que además de la alegría de abrazarlos nos llevaron unos talegos de comida que nos supo a gloria.

Comentando con ellos las peripecias y calamidades que habíamos pasado, nos dijo Nicolás que un día fue a visitarlos en la Parrilla el canalla de Saavedra y que después de merendar a cuerpo de rey les dio la enhorabuena porque tenían un hijo que, además de guapo y arrogante era un valiente muy sufrido porque a pesar de las palizas que le propinaron no lograron conseguir que hiciera una declaración. ¡Hace falta ser canalla para estas cosas decírselas a su propia madre y hermana!. Con Nicolás y Juan Ángel mandamos unas cartas a los nuestros.

Yo estaba en una celda de las destinadas a los condenados a muerte, aunque aún no había sido juzgado pero esperando que cuando lo fuera, me condenarían. Entre nosotros al Tribunal Central de Espionaje y Alta Traición que, como antes he dicho fue al que mandaron nuestro sumario, le llamábamos fotomatón, porque al que juzgaban le pedían por lo menos una pena de muerte que nunca era permutada por pena menos grave. Al final diré las circunstancias que imperaros para que no nos juzgaran.
Cruzando la galería que conducía a los servicios un día vi que iba con un centinela joven de mi edad al que quise reconocer y efectivamente, pude enterarme que se trataba de José Luis Cervera, el jabato compañero mío que fue en el Colegio Maravillas. A los pocos días le fusilaron en el célebre foso de Santa Elena.


En la misma celda que yo tenía, había estado sentado esperando su ejecución el anarquista Francisco Ferrer Guardia, procesado en 1906 acusado de estar implicado en el atentado contra los reyes en el día de su boda, pero no resultando probada su culpabilidad en el mismo, quedó libre. Luego fue acusado de haber organizado la revolución de Barcelona de 1909 que llamaron la Semana Sangrienta y lo condenaron a muerte, fue ejecutado en los mismos fosos de Santa Elena. Desde allí me subieron a un dormitorio corrido que era mucho más agradable.

Se conoce con el nombre de Semana Trágica a los sucesos acaecidos en Barcelona y otras ciudades de Cataluña entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909. El desencadenante de estos violentos acontecimientos fue el decreto del primer ministro Antonio Maura de enviar tropas de reserva a las posesiones españolas en Marruecos, en ese momento muy inestable, siendo la mayoría de estos reservistas padres de familia de las clases obreras. Los sindicatos convocaron una huelga general.


10 de abril

A última hora de la tarde dieron un toque de atención y empezaron a nombrar a los que figurábamos en una gran lista que comprendía todos los que contábamos mejor edad y condiciones físicas y nos dieron orden de que recogiésemos todo porque a la mañana siguiente salíamos hacia un nuevo destino, sin decirnos dónde.


11 de Abril

Nos sacaron del Castillo y en camiones nos trasladaron a una estación de ferrocarril, quizá a la de Sants, y nos embarcaron como borregos en un tren de mercancías con vagones llenos de paja y heno aunque en honor a la verdad, tengo que decir que algún vagón era de asientos de madera y como es natural de clase “tercerola”. A mí me tocó disfrutar de este confort. En cada vagón llevábamos un vigilante en cada puerta. Según comentaron luego a alguno de los detenidos los arrojaron por la ventanilla al paso de un túnel.

Llegamos hasta Hospitalet de Infante (Tarragona) y nos metieron a los poco más o menos 1500 que componíamos la expedición en la plaza porticada del pueblo, a la que se accedía por una sola puerta, circunstancia ésta que simplificaba la vigilancia y guardia. El espacio de que disponíamos no nos permitía el poder tumbarnos todos. De comida y cena nada de nada y a la mañana siguiente se presentó a nosotros el que dijo ser el jefe del campo de trabajo número dos, que íbamos a formar. El sargento Monroy que mandaba a los vigilantes que tuvimos la mayor parte, anarquistas del Bajo Aragón que huyeron de sus pueblos a medida que avanzaban las tropas naciones, casi todos, por no decir todos, implicados en numerosos hechos delictivos, incluso en fusilamientos. Eran verdaderas fieras que dieron muestra de que nuestras vidas les importaban un bledo, lo demostraron cumplidamente en más de una ocasión.
Como llevábamos casi dos días sin que nos dieran nada de comer, excuso decir que teníamos hambre y echábamos mano de lo que se ponía a nuestro alcance, ocurrió que un niñato catalán se quejó al jefe del campo de que le habían robado de su mochila o macuto, un bote de leche y algo de embutido. Sin pensarlo mucho nos sacó a una explanada contigua a la plaza, se nos formó y comentó el “robo” para acto seguido, decir que saliera el que lo hubiera hecho, pero nadie dio un paso al frente. Entonces le dijo al niñato que si sabía quién podía haber sido el ratero y sin dudarlo mucho, señaló a uno que lo negaba. El jefe le creyó y lo llevó a su lado, nos echó una arenga y sin ningún escrúpulo sacó la pistola y le disparó dos tiros en la cabeza, que le produjeron la muerte instantánea. Al momento pidió dos voluntarios para hacer una fosa dónde darle sepultura y cómo no salimos ninguno, sacó a los dos que le pareció y aunque se resistían a hacerla, entre otras razones porque no tenían fuerza ni para coger el pico y la pala, viendo que esa fiera sería capaz de pegarles a ellos otros dos tiros, hicieron la zanja dónde se enterró. Con la frialdad que cuento como ocurrió, ya pueden imaginarse la moral que nos inyectó el célebre sargento Monroy.


En las proximidades de la costa había un campo de algarrobos cercado y nos trasladaron a él para que nos hiciéramos una chabola, pues allí se instaló el campo de trabajo número dos.

12 de abril

Nos llevaron al Coll de Balaguer para hacer unas fortificaciones de baterías de costa, nidos de ametralladoras y caminos cubiertos. El rancho lo hacían en el campamento y nos lo llevaba un carro tirado por una mula. La mayoría de los días, el rancho era un arroz blanco que llegaba hecho un engrudo, el agua la cogíamos de una especie de aljibes que abundaban en las estribaciones del Coll de Balaguer.


Salíamos del campamento andando y procurábamos ponernos los primeros de las filas para coger las cáscaras de naranjas y colillas de cigarro que encontrábamos por la carretera, cuándo teníamos ocasión juntábamos las colillas que habíamos encontrado y hacíamos un cigarrillo y por turno dábamos unas chupadas, pero no muy grandes porque los demás se echaban enseguida encima. También rebuscábamos hierbas y algarrobas que, aunque estaban verdes, nos estaban riquísimas porque ya tenían algún dulzor. Hubo uno que comió tal cantidad que estuvo a punto de reventar cuando le empezaron a fermentar en el estómago.
En los trabajos forzados a los que nos sometían diariamente, no podíamos distraernos porque los guardianes sin pensarlo mucho te espabilaban con un látigo o vara y como estaban situados en peñas desde las que nos divisaban perfectamente, cuando comprobaban que alguno hacía “el maula” llegaban hasta disparar los fusiles, pero tirando a dar de verdad.
Me encuentro con Goyo Priego yendo un día al Tajo, pero él no me vio y yo no quería que me viera porque él y toda su familia pensaban de muy diferente manera que yo y todos los míos y francamente, temía que me pudiera complicar la vida más de lo que la tenía.

Al día siguiente, también lo vi y a partir de entonces todos los días, pero cuál no sería mi sorpresa cuando uno de ellos se acercó a mí y me preguntó si yo era Vicente de Palomares. Le dije que sí y se interesó por mi situación y yo por la suya. Resulta que yendo al mando como teniente de unos tanques o carros en el frente de Talavera, lo envolvieron los nacionales y cuándo quiso darse cuenta los tenían copados pudiendo salirse del cepo pero no así de la mayoría de los servidores de las unidades que fueron hechos prisioneros por los Nacionales. A él lo juzgaron y degradaron, quedando en soldado raso y lo mandaron a un batallón de trabajo cuyos componentes al igual que nosotros también hacían fortificaciones en el Coll de Balaguer, puede imaginarse cómo estaba de de contento con los que antes habían sido sus compañeros. Después de esta primera entrevista, procurábamos vernos los días que podíamos y me surtía de tabaco y de chuscos.


Cuando las obras de las fortificaciones iban avanzando, nos llevaron cerca de Coll y allí hicimos nuevas chabolas pero separados por compañías. Yo fui a la segunda en dónde el médico era el teniente Ángel González Paracuellos que me reclamo para practicante suyo. Creo que le ayudé a plena satisfacción procurando hacer todo con el mayor celo y rendimiento con tal de no tener que volver a coger el pico y la pala, pero un mal día para mí, me dieron la noticia que el teniente había sido trasladado no sé a dónde, temiéndome que al quedarme sin su padrinazgo podría desaparecer del botiquín. Gracias a Dios todo siguió igual, aunque yo tuve que afrontar la enorme responsabilidad de suplir en todo la falta de médico, cada día me encomendaba a San Cosme y San Damián para que por su mediación no tuviera ningún fracaso.

Afortunadamente así fue, hasta que un día se apuntó a reconocimiento un ruso procedente de las brigadas internacionales que hasta el día anterior o desde que llegamos al campo había estado enchufado a cocinas con otro polaco, y que no contento con comer todo lo que quería descubrieron que se llevaba lo que podía para vendérnoslo, por lo que le echaron y tuvo que agarrar el pico y la pala, cosa que no quería aceptar alegando que tenía un fuerte ataque de reuma.
Me di perfecta cuenta que todo era puro cuento y tras hacerle un reconocimiento le di la baja para el día siguiente solamente y armó la de Dios es Cristo porque se fue al jefe de campo para quejarse de mi diagnóstico. Me llamó el jefe y como le hice ver que todo era puro camelo y que lo podía comprobar retornándolo a la cocina y vería como se cargaba con los troncos de los árboles y los partía con la sierra, el hacha y el pico con tanta facilidad como antes, pero que si tenía alguna duda, podía llamar al médico de la tercera compañía, que era el teniente Lasobras. Lo llamó y como yo me lo esperaba, estuve pendiente de su llegada y antes que viera al jefe le vi yo y le dije en pocas palabras para lo que era requerido, siendo su contestación aunque nos fusilen a los dos, ese ruso va a picar, así que tú tranquilo y todo ocurrió tal cual.

Llamaron al ruso, le hizo la historia, lo reconoció y le dijo que con unos papelitos de salicilatos (que ya se los había mandado yo) todo se solucionaría pero que podía ir al trabajo, para que voy a decir que a partir de ese momento el ruso era mi mejor “amigo”. Las condiciones en que teníamos que solucionar las dolencias a falta de contar con un botiquín adecuado, era empleando remedios caseros.
Pero también me duró poco porque el día 11 de septiembre nos llevaron a los de Cuenca a Barcelona porque nos iban a juzgar. Fuimos a la plaza Castellana del Pueblo Español y a los dos días nos trasladaron a la denominada prisión del estado en la calle de Deu i Mata, en la barriada de les Corts. En un convento habilitado para cárcel nos juntamos todos los encartados en el asunto de Cuenca pues así se conocía. Un buen día vino el juez al que nombraron para este asunto y de entrada nos fue llamando de uno en uno para declarar pero haciéndonos la advertencia que pensáramos bien lo que decíamos porque lo que de verdad iba a valorar era lo que dijéramos a partir de ese momento.
Según supimos, a este juez lo nombraron porque era muy amigo de Leopoldo Garrido, fiscal general de la república, conquense de pro y de López Malo, abogado y diputado por Cuenca que se tomaron el mayor interés en que no nos ocurriera nada y que no se nos juzgara ante el temor que el T.C. de E. y A.T. nos condenara a muerte como acostumbraba con todos los que llegaban ante él, de ahí lo de fotomatón.
Afortunadamente el sumario se archivó y no volvió a desempolvarse con lo que sin duda, salvamos el pellejo y todo gracias a la mediación de esos dos conquenses, Sres. Garrido y López Malo.


19 de Septiembre

A los más jóvenes nos llevaron a la prisión número uno de Cadaqués (Gerona) situada en lo que fue cuartel de carabineros, en la mismísima playa de Cadaqués. Desde ella se divisaba una magnifica vista en la ladera de una pequeña montaña en la que había algunas masías y sobre todas las edificaciones destacaba un chalet propiedad de los dueños del laboratorio que fabricaba el cerebrino mandrí. En la cumbre de esta ladera estuvimos haciendo unas fortificaciones del estilo de las que habíamos hecho en Hospitalet del Mar, cuyo objeto era su utilización ante un intento de invasión por la bahía de Rosas.
Allí teníamos a unos guardianes que eran tan temibles como los del campo número dos de Hospitalet y destacaban el canario y manitas de plata, en alguna ocasión nuestra imprudencia nos llevó a planear una evasión pero afortunadamente nunca encontrábamos el momento propicio, creo que hubiese terminado en una verdadera tragedia.

A todo esto quiero resaltar que las tropas nacionales no cesaban en su avance hacia Barcelona y en general hacia toda Cataluña hasta poder llegar a la frontera con Francia.


26 de enero de 1939

Se tomó Barcelona y el día 28, San Julián (Patrón de Cuenca) viendo que la llegada del ejército nacional era inminente, desalojaron las dos prisiones de Cadaqués, llevando a los antifascistas, que eran bastantes, a la frontera francesa y a los fascistas a un convento de Figueras, preparado para la encerrona. En una celda de 15 o 20 m2 nos metían a treinta o cuarenta, pues tenían que amontonar a más de 1.500 repartidos en celdas, capilla, Iglesia y demás dependencias.
Nos recibió un capitán (que sin duda estaba loco, yo creo que porque temía la inminente presencia de los nacionales y abriendo a patadas las puertas de las celdas), irrumpía en su interior con una pistola ametralladora profiriendo toda clase de insultos contra nosotros y nuestros progenitores y repetía con frecuencia hijos de ….. muy cerca están los vuestros pero no los vais a ver porque antes de que lleguen yo, con ésta (se refería a la pistola ametralladora) hago así, y hacía como un abanico y os coso a balazos.


Amaneció el día 3 y a media mañana empezaron las “pavas” a soltar pepinazos sobre Figueras y los muy valientes que nos custodiaban sin perder tiempo se metían en los sótanos del convento dónde improvisaron un refugio. Cuándo cesaban las alarmas, muy excitados, volvían a sus puestos y el capitán emprendía sus amenazas que veíamos que en cualquier momento cumplía. Repetidas veces nos dijo que nos habían llevado allí para “picarnos”. A los antifascistas los llevaron a la frontera para que se salvaran.
Hacia las dos de la tarde, cuando parecía que ya no volverían las pavas, nos sacaron a un patio para repartirnos el rancho y cuando menos lo esperábamos empezaron a sonar las sirenas de alarma y dejando las calderas con la comida, corrían los valientes al refugio. Los que estábamos cogiendo el rancho tuvimos que saltar entre los escombros para poder guarecernos en el portón del convento y de entre los escombros sacamos a Mariano Castellanos que gracias a Dios, sólo tenía pequeñas heridas y arañazos.
Cuando llegamos junto a las puertas de salida del convento, vimos que sólo estaban cerradas con unos cerrojos corrientes y a alguno se le ocurrió proponernos que, puesto que, todos los guardianes estaban en el refugio, podríamos evadirnos. Sin pensarlo mucho fuimos a nuestras celdas, cogimos lo que pudimos (yo recuerdo que cogí un macuto) y como alma que lleva el diablo nos dirigimos a la salida, no sin antes ir abriendo los cerrojos de las celdas que nos cogían de paso, no había tiempo que perder. Parece mentira, pero de los mil y pico que estábamos, sólo nos evadimos veinte. Ignoro si los demás no pudieron o tuvieron miedo.

Como ovejas bobas íbamos todos formando un rebaño y como en el grupo iba Enrique Sánchez Fiol, comandante del ejército y buen estratega, además de con mayor responsabilidad en todos sus actos nos hizo ver la conveniencia de separarnos en grupos de cuatro o cinco, porque si nos perseguían dando batidas, podrían coger a los que tuvieran esa desgracia pero no a todos. Así lo hicimos y yo fui al grupo de Sánchez Fiol, Jaime Lluch, Antonio y otro que no recuerdo el nombre. Cada grupo cogió distinto rumbo. Dieron una batida y cogieron a cuatro, entre ellos mi buen amigo de antes de la guerra Esteban Romero y vimos desde dónde estábamos cómo los fusilaban.
Enrique Sánchez Fiol como ya he dicho era comandante de infantería con destino en Barcelona y tan pronto vio que el alzamiento fracasaba, con un hermano suyo también comandante y un comisario de policía, intentaron pasarse por Francia a la zona nacional pero, ya en la frontera, los descubrieron y los ametrallaron dejándolos por muertos, pero unos gendarmes de vigilancia de fronteras al verlos, pues habían caído en territorio francés, se acercaron y comprobaron que Enrique aún vivía. Se hicieron cargo de él y prestados los primeros auxilios se lo entregaron a los carabineros e inmediatamente lo llevaron a un hospital. Cuando curó de las graves heridas lo juzgó el tribunal militar y fue condenado a pena de muerte, que le fue conmutada por cadena perpetua.
Íbamos llegando a las últimas casas del pueblo para adentrarnos en el campo de las proximidades cuando de nuevo sonó la sirena anunciadora de que el peligro había desaparecido, vimos que cerca de dónde estábamos en la carretera de la Junquera había un puesto de control, del que salieron los guardas, en el control era necesario identificarse; dimos marcha atrás y nos metimos en una casa muy humilde que había sido abandonada por sus moradores porque se fueron a un refugio.

En la cocina tenían un fuego bajo de leña y paja, el estratega, nos advirtió que nos mirásemos bien los bolsillos y el macuto por si podíamos llevar algún papel que nos delatara como fugitivos, yo llevaba varias cartas de mi novia y sin dudarlo, aunque lo sentí mucho, las tiré al fuego.

Los demás hicieron poco más o menos, si llevaban algo. Pero cuando apenas tuvimos tiempo para calentarnos vinieron de nuevo las gloriosas y salvadoras pavas y empezaron a bombardear y cómo es lógico los guardias del control se metieron en el último rincón del refugio, momento que nos permitió pasarlos sin ningún impedimento y con el único peligro que nos pudiera alcanzar algún pepinazo, pero como los Santos saben responder cuando de verdad se acude a ellos, yo me acordé que ese día 3 de febrero se celebraba San Blas y me encomendé a él. Lo recordaba porque es el patrón de Torrejoncillo del Rey, pueblo vecino al mío y cuando chavales acudíamos en bicicleta o burro a la fiesta, como teníamos rivalidades, decíamos Si vas a Torrejoncillo en la fiesta de San Blas, echa pan en el bolsillo que si no, no comerás. Desde entonces soy un fervoroso devoto de San Blas y pocas noches me duermo sin rezarle, además de agradecerle que, habiendo tenido anginas, algunas diftéricas, desde que me encomendé a él rara vez he tenido necesidad de seguir un tratamiento formal y por tanto no me han mandado a “hacer gárgaras”.
Alejados del casco de la población de Figueras nos adentramos en unos olivares de un cerro próximo y cuando no podíamos caminar por falta de luz, llegamos a un chozo de forma ovoide hecho de piedra sobre piedra y nos metimos en él con la intención de pasar la noche, pero como el piso estaba muy húmedo rebuscamos ramujas del olivar para ponerlos en el suelo y, de pronto, se produjo en Figueras una explosión enorme acompañada de un fogonazo tremendo, cuando volvimos la cabeza hacia el chozo se había convertido en un montón de piedras. Ni que decir tiene que ahí ya vimos la mano de San Blas.

Todos éramos muy creyentes aunque solo Antonio tenía pinta de beato. Cerca del chozo habíamos visto una masía que parecía abandonada, no nos arriesgamos a intentar pasar a ella por si acaso, pero en vista del hundimiento del chozo decidimos volver a ella con tan buena suerte que no encontramos ningún obstáculo. Había leña y en la cornisa de la chimenea una olla o puchero lleno de garbanzos que pusimos al fuego y sin dejarlos cocer lo suficiente dimos buena cuenta de ellos. En todo el día no habíamos tomado más que el aguachirri que llamaban café y chusco que teníamos en la mano cuando estando esperando al rancho salimos corriendo. Al día siguiente, los cinco teníamos una buena diarrea.
Antonio tenía bastante dañado el pulmón y como consecuencia del esfuerzo del día anterior pasó mal la noche y también el día 4.


El día 5 Jaime Lluch nos comunicó que en Cabanes (aldea próxima a Terradas) vivían unos parientes suyos y que podíamos intentar ver si nos acogían allí, pues resultaba peligroso que anduviéramos por aquella meseta en que con alguna frecuencia nos encontrábamos con guardias de asalto, soldados o milicianos que en su huida hacia la frontera procuraban alejarse de la carretera de la Junquera y temíamos que alguno pudiera incordiarnos o más aún meterse con nosotros y descubrirnos como fugitivos.

Caminamos durante todo el día y tuvimos que vadear un rio (creo que el Muga) cuyas aguas estaban extremadamente frías, el alimento que tomamos fue aceitunas que rebuscamos por los olivares y hojas de haba que empezaban a darse por allí. Llegó un momento que Antonio ya no podía dar un paso y nos pidió que, en evitación de que nos pudiera retrasar la huída, le dejáramos en la primera masía que encontráramos, cosa que muy a pesar de todos, optamos por hacer. La despedida fue un trago tremendo pero ante la impotencia no había más remedio que hacerlo así ¿Cómo terminaría el bueno de Antonio?.
Al anochecer del día 5 llegamos a las tapias de Cabanes y Jaime se adentró en el pueblo para localizar a sus parientes, cosa que consiguió e inmediatamente vino a comunicarnos que nos daban cobijo y rápidamente nos refugiamos en un pajar próximo a la casa. Nos dieron unas farinetas de harina de maíz que no s supieron a gloria y entre la paja, dormimos como lirones.
Los familiares oyeron la tremenda noticia de que en Figueras habían ejecutado a todos los presos políticos de Cadaqués, de hecho, allí podríamos haber estado nosotros, como así lo creían nuestras familias.
Sin salir del pajar, pues comunicaba con un corral donde hacíamos nuestras necesidades, estuvimos los días 6 al 10, porque por la noche anterior, o sea la del día 9, habíamos oído como tiros de paqueo próximos y a propuesta de Sánchez Fiol, él y yo que éramos los que estábamos más fuertes, hicimos una descubierta muy de mañana, y desde el alto del cerro en el que estábamos vimos soldados con boinas rojas que arreglaban un puente sobre el río Muga en las tapias de Pont de Molins, que la tarde anterior habían volado los rojos que se dirigían a Francia.

Comprendimos que los boinas rojas correspondían a requetés y volvimos a Cabanes para dar la novedad. Nos despedimos de aquella buena familia y comenzamos a andar hacia Pons de Molins, cuando bajamos por aquella ladera llevábamos bien visibles pañuelos blancos atados a unas varas, por si las moscas y no precisamente para espantarlas.
Con las precauciones propias, nos acercamos al soldado que hacía la guardia en aquel momento en el puente y Sánchez Fiol le preguntó quién mandaba aquella tropa, eran pontoneros dijo, que un capitán y que la oficina la tenía sita en una casa de la plaza. Allí fue Enrique y tras saludar al capitán se dio a conocer como comandante, explicándole cual era su situación y la nuestra. El capitán se disculpó diciendo que él no podía hacer nada por nosotros pero que nos fuéramos a Figueras, que ya habían entrado los nacionales y que nos presentáramos en Gobierno Militar.
Nos despedimos e inmediatamente nos pusimos en camino hacia Figueras por la carretera de La Junquera. Las cunetas estaban llenas de cadáveres de soldados y milicianos que, sin duda, fueron fusilados en la huída. Llegamos a Figueras y nos presentamos en el Gobierno Militar. Nos recibió el teniente de guardia y a él, se dirigió Enrique, dándose a conocer y le preguntó quién era el gobernador militar. Le dio el nombre y los apellidos que a Enrique le sonaban muchísimo queriendo recordarlo como compañero suyo de la Academia Militar de Toledo y al final llegó a la conclusión que efectivamente se trataba de su compañero, pidió al teniente que le dijera al Teniente Coronel Gobernador Militar que estaba allí el Comandante Sánchez Fiol. Así lo hizo y, al rato, vino el teniente y le dijo que no recordaba a ningún compañero que se apellidara así. Le cayó a nuestro comandante como un jarro de agua fría y muy nervioso empezó a decir que todo era cuestión de geografía que si algunos hubiesen caído en zona roja no sería solo Teniente Coronel.

Bastante quiso decir… Como voceaba salió el propio gobernador militar y al verlo le dijo Enrique, ¿Con que no te acuerdas de los hermanos Sánchez Fiol que en la Academia teníamos las camas contiguas a la tuya? Al mencionar a los hermanos Sánchez Fiol él los recordó y cambió el panorama.

Seguidamente, el haraposo comandante le contó lo que les había sucedido en la frontera cuando intentaron pasar a zona nacional y le pidió que cuanto antes procurara proporcionarle un medio de transporte para llegar cuanto antes a Barcelona porque su anciana madre creía que los dos estaban en zona nacional y no quería que alguien cometiera la indiscreción de contarle la verdad. Así se lo contaría él mismo y su presencia mitigaría en parte el dolor de la noticia del fallecimiento de su hermano. Le prometió que así lo haría y ordenó que, de momento, nos llevaran al almacén de intendencia y nos dieran comida y ropas interiores, alguna cazadora y pantalones como también un tabardo y que en el mismo almacén nos improvisaran unas camas para pasar la noche. Nos inflamos de conservas de carne y pescado y no quiero acordarme de las diarreas que nos dieron.


Día 11,

Al no disponer de ningún turismo, pone a nuestra disposición una camioneta con conductor y dos soldados para que no nos molestaran en los controles, nos facilitó una bolsa de comida y salvoconductos, y al caer la tarde llegamos a Barcelona.

Enrique y Jaime se fueron a sus respectivos domicilios y yo acudo a las oficinas de excautivos y me recibe el celebérrimo Lepe que hacía de ordenanza. Sólo lo conocía de verlo en el Teatro Romea, charlamos de sus actuaciones revistiles ¡qué tiempos aquellos!. Entre otras cosas en excautivos facilitaban alojamiento en domicilios que, simpatizando con nuestra causa, habían ofrecido su ayuda desinteresadamente para que pudiéramos salvar aquellos difíciles primeros días. Lepe me dio una relación de señores que se habían ofrecido y vi Mateo Monguillot, calle del Call número 14 La Royalty. Recordé inmediatamente a uno de mis mejores compañeros de Montjuic que se llamaba así y pensé que podría tratarse de su casa por lo que no dudé en pedirle que me mandara a ella.

Me dio un volante de presentación y una tarjeta provisional que acreditaba mi condición de excautivo y me fui a casa de los Sres. Manguillot, siendo recibido por la señora. Le comenté si se trataba de la madre de Mateu Manguillot Espuñes con el que había compartido el cautiverio en Montjuic y al decirme que sí, se echó en mis brazos llorando, lamentando que hacía cuatro años que no sabía nada de su hijo, pensando que podía haberle pasado algo grave cosa que yo traté que olvidara pues había que tener en cuenta la enorme confusión que reinaba en todos los aspectos y que cualquier día podría presentarse en casa como gracias a Dios así ocurrió al cabo de un par de meses.
Me dieron la habitación de su hijom pues como a tal me trataron, y pusieron a mi disposición toda la ropa que tenía en el armario, al día siguiente bien desinsectado y bañado, parecía otro.


Me encontré en excautivos con otros de Cuenca (Luis, Mariano y alguno más) y tan pronto como pudimos nos fuimos a Zaragoza, porque allí estaba la mayoría de los conquenses que se habían ido pasando a la zona nacional. De esto nos informó alguien que no recuerdo, pero que era paisano nuestro. En excautivos nos facilitaron unos pasaportes para ferrocarril y así pudimos llegar junto a los nuestros.
Al despedirme de los Sres. Manguillot me dieron 150 pesetas, que entonces representaban un buen pellizco. Al cabo de no sé cuánto tiempo, les mandé un giro postal por esa cantidad y de vez en cuando les escribía por Pascuas o fechas señaladas.

En el año 1961 o 1962, con ocasión de un viaje que hice a Barcelona con la tuna de Cuenca, fui a visitarlos y el padre había fallecido. El negocio lo llevaba Mateu, por cierto un gran jugador de waterpolo seleccionado en el equipo nacional.


Hacia el 20 de febrero, llegamos a Zaragoza y sin pérdida de tiempo nos presentamos en la Caja de Reclutas para que nos dieran destino. Luis y yo pedimos voluntarios ir a la legión, pero a él lo mandaron a un regimiento de infantería y a mí, a carros de combate número 2.

Estuvimos en Zaragoza unos pocos días y yo viví en casa de una tía mía, Filomena **** ****, que pudo salir de zona roja por medio de la embajada de Chile, con tres hijas y un hijo. Su marido fue capitán de la Guardia Civil y le dieron el paseo al poco de iniciarse el movimiento, sacándolo de la Checa de Fomento.
Cuando me llamaron para reconocimiento tuve la desagradable sorpresa de que por padecer una gran hipertrofia de corazón me declararon inútil total, situación ésta que me complicaba la vida enormemente al pensar cómo iba a poder valerme sin un duro y sin saber de dónde sacarlo hasta que terminara la guerra y tuve que recurrir al teniente médico D. Antonio Alonso Moya (amigo y paisano), nacido en Almendros, para que viera al capitán médico Lozano a ver si conseguía que me diera servicios auxiliares con lo que salvaba el problema de comida, cama, etc. en un cuartel. Gracias a Dios lo logró y me hizo ese enorme favor. Me destinaron al Regimiento de Carros Ligeros de Combate número 2.

En un bar que se llamaba el Diamante, se reunían los conquenses y allí acudíamos diariamente al encuentro de caras conocidas y un buen día coincidí con Miguel Valero Patatas (de mi pueblo) algo mayor que yo, pero al tener el pueblo un censo de unos dos mil habitantes, quiere decir que nos conocíamos todos, pero mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que dado mi estado físico (había perdido 36 Kg) no me conocía, aunque decía que por la voz y la fisonomía quería averiguarlo, pero no lo consiguió, y cuando le dije soy Vicente, el hijo de D. Vicente, me cogió en un fuerte abrazo y lloraba, esta muestra de verdadero cariño nunca lo olvidaré. Había otros varios de Palomares, tales como Julián Marví y Paco El remendao y muchísimos conocidos de distintos lugares de la provincia.
Me presenté en la Jefatura Provincial de Falange de Cuenca, que estaba en la calle General Franco, y casi todas las tardes iba por allí para echar una mano en tareas de tipo administrativo. Un buen día me llamó el entonces jefe provincial D. Antonio Melgarejo, marqués de Melgarejo (que tenía de falangista menos que yo de cura) y me dijo que había pensado hacer mi propuesta para Delegado Provincial de Organizaciones Juveniles (OO.JJ.)
Alegando mi estado físico y mi condición de soldado quise eludirlo pero al final me propuso y como tenía que hacer un curso en la escuela de mandos de Pinseque se consiguió un permiso de mis superiores. Hice el curso y a partir de llegarme el nombramiento por medio de Jesús Sevilla, consejero del movimiento, Solano jefe provincial de Zaragoza conseguí cuántos favores me podían hacer en el cuartel y entraba y salía cuándo y cómo me apetecía, pero siempre con un control y pasando diariamente por el despacho del capitán de día o del oficial de guardia.

Mi destino era precisamente en la compañía de destinos que la mandaba un capitán más bueno que el pan y que me distinguía enormemente. Yo procuraba ir al cuartel todas las noches, entre otras razones porque no disponía de dinero para buscarme una pensión en Zaragoza. A base de “sablazos” a familiares y paisanos rara vez me faltaba un duro. Al terminar la guerra liquidé todos menos ciento cincuenta pesetas que me dio Perico Chicote en un viaje que hice a San Sebastián y fui a verle al bar que tenía allí, pues como también tuvo que salir de Madrid, pronto se situó en Donostia.

Le vi al terminar la guerra y quise pagarle, pero no lo consintió. Luego me enteré que hacía mucha caridad ayudando a comunidades religiosas y necesitados en general. Siempre que fui al bar Chicote de Madrid me invitaban los del mostrador pues me conocían como sobrino de D. Pedro, mi padre Vicente *** Chicote era pariente lejano suyo.
Cuando llegó mi nombramiento la jefatura provincial de Cuenca, me encargó y regaló un uniforme flamante con correaje, emblemas, etc., y no quiero decir cómo lo lucía con mis casi recién cumplidos 22 años y unos 68 Kgs.
Para enterarme bien del funcionamiento de la OO.JJ. casi todas las tardes las pasaba en la delegación provincial de Zaragoza con Simón Calvo Pina que también estaba haciendo la mili y allí conocía a los instructores Alzamora, Ara y Rodrigo un trío fabuloso capaz de formar no solo a las juventudes de Zaragoza sino a las de todo Aragón y muchas más.


Y llegó el momento soñado de ir a Cuenca, cuando el día 27 de marzo nos reunió el jefe provincial a todos los componentes del incompleto consejo provincial para darnos la gran noticia de que el día 29 salíamos para Cuenca.

Yo le advertí que, como soldado, necesitaba permiso desde el cabo al coronel del regimiento, pero que como existía una orden conjunta del Ministerio del Ejército y de la Secretaría General del Movimiento que permitía la desmilitarización de los mandos del movimiento y considerados como tales los delegados provinciales se podía pedir la mía, a lo que Melgarejo me dijo que no sería necesario porque eso lo arreglaba él ya mismo.

Llamó al chófer Paco y le dijo que preparara el buick, se iban a carros de combate a hablar con el coronel Civera, amigo suyo, para exponerle mi caso y que pudiera acogerme a la citada orden sobre desmilitarización. Muy sonriente regresó al cabo de un par de horas y me dio la agradable noticia que ya estaba todo arreglado y que no me preocupara más de este asunto. Como no tenía nada de particular en el cuartel, no creí necesario ir por allí. Todo lo mío lo tenía en casa de mi tía Filo y allí me quedé esa noche y la del 28, para el 29 encaminarnos hacia Cuenca.


Expuse al Consejo la necesidad de contar con instructores y les propuse llevarnos al formidable trío. Hice las gestiones oportunas, primero con ellos y luego con el Delegado Provincial. Dieron magnífico resultado sobre todo por ellos tres que me respetaban y querían con locura y les hacía enorme ilusión poder colaborar conmigo en tan patriótica labor como era la creación de la OO.JJ. de una provincia nada menos que de doscientos ochenta y nueve municipios, más la capital.
A la familia Almazora la conocía porque daba la casualidad que vivían en la misma casa de mi tía Filo y como me veían entrar y salir uniformado les llamé la atención y algunas veces charlábamos y hacíamos comentarios propios de la situación. Conformes en que se vendrían a Cuenca, quedamos que yo les llamaría tan pronto como arreglara la cuestión de pensiones, etc.


En la mañana del frío día 29 nos reunimos en la puerta de la jefatura provincial de Zaragoza, ocupamos los camiones preparados y emprendimos viaje por Guadalajara a donde fuimos a pernoctar a un grupo escolar en el que aún había unos carabineros.


Cuando en la mañana del día 30 (Viernes de Dolores) subimos a los camiones tuvimos que quitar la nieve que les había caído durante la noche. Pasando por Alcalá de Henares llegamos a Tarancón y en la plaza del Ayuntamiento paramos unos minutos para tomar algo y hacer alguna necesidad fisiológica.

Como estábamos en la puerta de la casa de D. Landelino Villaescusa subí a saludarles y darles noticias de su hijo Emilio, entonces capitán de artillería, al que casualmente vi un par de días antes por el Paseo de la Independencia de Zaragoza y como le dije si quería algo para la familia, solo me encargó que les dijera que estaba bien y que pronto trataría de ir a darles un abrazo, como el que yo les llevaba de su parte. Por cierto, estaban sentados en la mesa para comer y me insistieron en que les acompañara, cosa que sentí muy de veras no poder hacer por imperativos de la marcha de la caravana, pues tenían una fuente de tajadas de lomo que no se la saltaba un galgo, pero su hermana Esperancita tomó un pan de tres libras, lo abrió y lo llenó de lomo y me lo dio. Cuando llegué al camión casi ni lo pude catar porque dimos cuenta de tan sabroso manjar en menos que canta un gallo.
Seguimos viaje hacia Cuenca, sin más parada que unas curvas en el término de Morcajada de la Torre, que vimos un camión militar que al tomar una de ellas se precipitó por un pequeño terraplén y como las ruedas patinaban, el conductor no podía volver a la carretera. Le empujamos y pudo continuar su marcha, el conductor iba solo y se dirigía a su pueblo para ver a sus padres porque había estado toda la guerra en zona nacional y lógicamente no los veía desde hacía tres años.
A media tarde llegamos a la puerta de la jefatura provincial de falange de Cuenca en la calle Carretería, sobre el café Colón, y yo, sin entretenerme mucho me encaminé a la calle de Sánchez Vera donde vivía la familia de la Rápida, pensando que allí estaría Petra, puesto que vivía con ellos, y efectivamente así fue. Llamé al piso y me abrió ella misma la puerta, al verme se quedó como si tal cosa porque de primeras no me reconoció, había perdido 36 kilos, después nos dimos un montón de besos y abrazos. Y…


Como Radio Nacional de España en el parte del día 5 de febrero dio la noticia que habían fusilado a todos los presos políticos de Cadaqués y nadie sabía que el día 28 de Enero nos habían llevado a Figueras pero nos conocían como los presos políticos de Cadaqués, al dar la noticia, Radio Nacional, la narró así, sin duda, para mejor comprensión. Este terrible mensaje se difundió por todo el territorio nacional y como es lógico, por Cuenca entera y los familiares de cuántos estábamos, pronto se comunicaron entre sí con los consiguientes llantos, etc.
Petra sufrió el notición del fatal desenlace como también mis padres, pero cuando yo llegue a Cuenca, ya sabían que vivía, puesto que, el día anterior, o sea el 29 de Marzo, llegó a Cuenca Juanito López Cano y aseguró que había visto en Zaragoza a varios y que yo concretamente llegaría el día 30, como así fue.
Entonces, fui a ver al jefe provincial para pedirle un coche con el que quería ir a Palomares para llevar personalmente el mensaje a mis padres. Me lo dio y esa misma noche me presenté ante ellos y pude comprobar que mi madre vestía luto por mí ¿Qué comentario se puede hacer ante una noticia como ésta?.

Al siguiente día volvía a Cuenca y empecé la tarea que me había sido confiada. Lo primero que hice fue solucionar el alojamiento de los instructores, dormirían en la delegación de la OOJJ y como yo, comerían en los comedores de Auxilio Social.
En la calle Ramón y Cajal en la casa conocida como Correcher había estado el Sindicato de la Madera y se nos autorizó para que precisamente allí instaláramos la delegación. Cuando llegaron, Alzamora, Rodrigo y Ara, vivían allí y daban clases como formación política. La formación preliminar la tenían en la explanada del frontón del Convento de San Pablo (conocido por los Paúles) y la de Educación Física en la Plaza de Toros. El secretario de OOJJ era Francisco Moreno Arenas, el administrador y tesorero Rafael Torrijos, que con Antonio Baquero Escalada y Álvaro Page fueron mis más fieles y mejores colaboradores.
Por aquellos días fui requerido por un Juez Militar Instructor para declarar en las causas que seguían al célebre Saavedra y al no menos famoso Fausto, querían hacer ver que gracias a ellos no nos habían fusilado, cuando fue todo lo contrario ya que ellos ordenaron los interrogatorios “amenizados” con paloteos continuos y si no hubiera intervenido en la forma en que lo hizo el teniente Real, el lugarteniente de ellos, Ismael había dado cuenta nuestra en Contreras, los dos fueron condenados a muerte y ejecutados ya que les justificaron su participación en otros muchos delitos de sangre.
Los instructores trabajaban sin descanso pero con gusto porque estaban asombrados de ver como respondían los flechas y cadetes y la facilidad con que aprendían y ejecutaban los ejercicios que se les enseñaba.


Como el día primero de Mayo había que participar en el desfile de la Victoria, se trabajó en firme con ellos y con sus flamantes uniformes desfilaron juntamente con las unidades del cuerpo del ejército de Aragón que mandaba el coronel Don Darío Cazapo.

Al frente de nuestros chicos, abría carrera una escuadra de gastadores de la que era cabo Leandro de la Vega, que recibieron los más sonoros y nutridos aplausos del gentío que presenciaba el desfile. Hay que tener en cuenta que el público veía en ellos a sus propios hijos o de sus amigos. También tomó parte nuestra incipiente pero buena banda de cornetas y tambores.
Presidió el desfile el héroe del Alcázar General Moscardó, jede del ejército de Aragón y al terminar el desfile me llamó el Coronel Gazapo para felicitar a toda la OJ y muy especialmente a los instructores y a la escuadra de gastadores.

A partir del desfile, en cuantos actos oficiales coincidía con el Coronel, me dedicaba un saludo muy afectuoso.
Alguien, que no recuerdo, me dio la noticia que había visto por aquellos días en el barrio de San Antón y más concretamente en la calle de San Lázaro, a mi “amigo” el sargento el gallo que llevaba una cazadora de cuero y sin pensarlo ni un minuto me fui en su busca y, gracias a Dios, no lo encontré porque si doy con él, creo que lo hubiera matado tan pronto me lo hubiera echado a la cara. Di cuenta a los servicios de información para que me avisaran si lo encontraban, pero nada se supo de él.
Cuando más entusiasmado estaba yo con plena dedicación a la creación de las delegaciones locales y disfrutando de mis relaciones amorosas, el día 29 de mayo un sargento de la Guardia Civil, Lorenzo Duque, me preguntó si yo me llamaba Vicente *** *** o Vicente ***, que era como se me conocía en Cuenca, al decirle que era Vicente **** ****, me dijo siento comunicarte que hemos recibido un telegrama postal de auditoría de guerra de Zaragoza en el que nos ordenan tu busca, detención e inmediata conducción a Zaragoza, por supuesto delito de deserción. Inmediatamente me fui a la Jefatura Provincial de Falange para pedir explicaciones al jefe, puesto que el día 27 de marzo me dijo que había arreglado mi desmilitarización en la visita que dijo haber hecho al coronel Civera.

Vi a su secretaria Amparito Pardo y me dijo que no estaba, le conté lo que me sucedía y con la mayor reserva, me dijo que ya conocía el caso porque se habían recibido en jefatura unas comunicaciones del teniente auditor de mi regimiento requiriéndome para que me presentara a la mayor brevedad ante él y que Don Antonio les había contestado en el sentido que no podía abandonar la misión que estaba realizando.
También se recibió un telegrama en idénticos términos y la contestación que dio, decía: Vicente **** ****, delegado provincial de las Organizaciones Juveniles de esta provincia no puede incorporarse a ese regimiento por estar dedicado a la creación de las OOJJ en doscientos ochenta y nueve pueblos de la provincia. Como se ve, queda bien clara la soberbia del que firmó el telegrama y cada cual que esto lea que piense el calificativo que mejor puede merecer el Marqués de Melgarejo.
Antes que las comunicaciones del teniente auditor se habían recibido unas cartas para que me fueran entregadas en las que mi buen amigo el teniente Cachón me avisaba que urgía mi presentación en la compañía porque ante mi incomparecencia reiterada no tendrían más remedio que dar parte por medio del estadillo de la compañía, como al final tuvieron que hacer.
Todo este galimatías lo gestó, guisó y comió el tal ilustre jefe provincial al que unas horas después de mi primera visita intenté ver de nuevo, pero él no quiso recibirme en vista de lo cual me fui al hotel Romana, que era donde vivía, cogí una pistola Astra del nueve largo que tenía. Me fui a jefatura y sin pedir permiso me fui a su despacho y puse la pistola sobre su mesa. Le pedí una explicación de todo lo que había sucedido y no le quería dar importancia, queriéndome convencer que había visto al coronel Civera. Entonces le pedí que me diera un certificado responsabilizándose de todo y contando lo que había sucedido, porque si me declaraban como desertor, lo mismo me podían fusilar, puesto que faltaba desde el 28 de marzo, o sea cuándo aún no había terminado la guerra, igual me ponían un recargo de mili de 15 o 20 años a cumplir en prisiones militares y después de lo que ya había pasado o me daba la certificación que le pedía o le pegaba un tiro.

Le di un plazo de dos horas y si volvía y no me había hecho el certificado le descargaba el cargador. Empalideció y quedó como mudo, esta escena la presenció Amparito Pardo (q.e.p.d.) y en varias ocasiones después de meses y años la seguíamos comentando.
Desde jefatura me fui a Gobierno Militar que estaba en el edificio contiguo al Banco Zaragozano, me presenté al teniente coronel Gazapo y le expliqué la difícil situación que me había creado el Sr. Melgarejo y su postura ante mi petición de un certificado en los términos aludidos anteriormente. Como le dije que al salir de su despacho volvería a jefatura a por el deseado certificado y al verme lo irritado que estaba, llamó a su capitán ayudante y le ordenó que se personara él en jefatura y que no volviera sin dicho valioso documento y que si el Sr. Melgarejo se negaba, que desde allí mismo le llamara por teléfono. No había transcurrido media hora cuando llegó el capitán ayudante con el certificado. Entonces el coronel recuerdo que dijo ¿Cómo no voy a ayudar a un buen soldadito y ejemplar falangista?. Mañana te vienes por aquí y te daré un telegrama postal que deberás entregar en mano al coronel Civera y en él expondré todo lo que te ha pasado, a lo que has sido completamente ajeno, aunque desde luego obraste con alguna ligereza que yo particularmente disculpo dada la odisea que habías vivido. Esto ocurrió el día 20 de mayo.


Con toda puntualidad fui el día 21, me entregó el certificado y me proporcionó un viaje a Zaragoza con una camioneta que tenían para el servicio de enlace con la sede del cuerpo del ejército de Aragón en la capital maña que día sí, día no, iba y volvía a Cuenca.
El resto del día 21, el 22 y el 23 los dediqué a dejar un poco ordenados los asuntos de la delegación de la que se hizo cargo el secretario provincial, Francisco Moreno Arenas y cómo sin duda enseguida se corrió la voz, sin duda por boca de los mismos chicos de la OJ, cuántos se consideraban amigos y camaradas se sentían partícipes de mi disgusto. Uno de los que así se manifestaba fue el capitán Castro, jefe del SIPM que su afán de favorecerme me dio un nombramiento como agente del SIPM, documento que luego me prestó un buen servicio.

El Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) fue la agencia de inteligencia que existió en la zona sublevada durante la Guerra Civil Española y durante los primeros tiempos de la Dictadura franquista. Durante la contienda jugó un importante papel en el establecimiento de la “quinta columna” en la zona republicana.1


En la madrugada del día 24 salí para Zaragoza y sin pérdida de tiempo tan pronto llegué me fui al cuartel dando la casualidad que el oficial de guardia era mi amigo el teniente Cachón, quién después de saludarnos y comentar mi silencio a sus cartas, me dijo que la orden que tenía era que tan pronto llegase me llevara al calabozo, pero antes que nada iba a dar cuenta al capitán de día de mi reincorporación.

Cachón le contó lo que pasada y dijo que yo tenía un telegrama que quería entregar personalmente al coronel. El capitán quiso favorecerme y ordenó que me llevaran al cuerpo de guardia de oficiales, creo que se llamaba así, y cuando llevaba allí como una hora paso el brigada Planes, subayudante del coronel y como vió que estaba uniformado como delegado provincial del movimiento me preguntó qué hacía allí, pero con muy malas formas, por no decir algo peor sonante, entonces como yo sabía de quién se trataba porque le conocía de oídas, le dije que se lo preguntara al capitán de día. Salió y al poco rato volvió con un cabo y dos números ordenándoles que me llevaran al calabozo.

Vi tan mal la cosa que le dije que tenía necesidad de entregar al propio coronel un telegrama del coronel Gazapo, jefe del E.M. del cuerpo del ejército de Aragón, pero como si no lo hubiera escuchado, mantuvo la orden de mi traslado al calabozo. Entré en aquel antro inmundo con un olor nauseabundo, allí había varios elementos de cuidado y cuando llevaba allí un rato, volvió el cabo me sacó fuera y cuando yo creía que todo empezaba a esclarecerse, me sentó en una silla y el soldado que era un peluquero, me cortó el pelo al cero. Cada vez veía peor el final.
Al día siguiente vino a verme el teniente Cachón al abandonar la guardia y le pedí que me pusiera en contacto con el coronel, me dijo que estaba ausente y le propuse que diera cuenta de todo al alférez ayudante Díez de Ulzurrun, que a su vez, era el juez instructor de mi causa. Así lo hizo y el día 26 me llamó a declarar. Le conté todo lo sucedido, le hice entrega del telegrama postal, le mostré el nombramiento que había facilitado el capitán jefe del SIPM de Cuenca y me dijo que él era el jefe de este servicio de información del regimiento y que desde ese momento tenía que trabajar como su colaborador, puesto que YA puedes considerarte como libre provisionalmente.

Ese mismo día puso un oficio en el que comunicaba mi libertad provisional al capitán jefe de la compañía de depósitos D. Carlos Segura, en el que me destinaron de nuevo. A partir de ese día me convertí un poco en el niño mimado del alférez ayudante, pero el odiado del brigada Planas.
Por si fuera poco, me enteré que el capitán médico era D. Estanislao Orero Chávarri con el que maté muchos piojos en el Castillo de Montjuic, pues fue hecho prisioneros en Belchite y cuando llego el día siguiente para pasar el diario reconocimiento me encontró esperándolo en el botiquín y no encuentro palabras con que testimoniar su alegría y no digamos nada de la mía. Estuvimos charlando todo el tiempo que permanecía allí, mientras un teniente médico pasaba el reconocimiento. Me propuso llevarme con él y no lo dudé ni un instante.

Antes de abandonar el cuartel se fue a pedirle al comandante mayor D. Fulgencio Águila Tejada que me destinaran al botiquín, esto ocurrió el día 27 y el 28 pasé a mi nuevo y macanudo destino en dónde había tres practicantes, Ramón Colón Acevedo, J. Pérez y Daniel Fábregas. Los dos primeros vivían en el cuartel y dormían en la habitación contigua al botiquín, el tercero tenía pernocta y todos los días dormía en su casa de Zaragoza, menos cuando le tocaba guardia. Cuando llegó el capitán iba acompañado de dos tenientes médicos, me presentó a ellos y a los practicantes, les contó cómo había nacido nuestra amistad y les dijo Es tal la confianza que tengo en *** *** que no estando yo aquí quiero que él me represente a todos los efectos, me busqué una cama y dormía con Colón y Pérez.

A los pocos días me dijo que tenía en tratamiento a la cantinera, que era la querida del coronel y que le había recetado unas inyecciones intramusculares, suponiendo que no tendría inconveniente en qué yo bajara a ponérselas en días alternos. Sin dudarlo acepté y a partir de ese momento aseguré mi pensión completa en la cantina que, hasta entonces, no frecuentaba mucho porque disponía de pocos fondos. Aunque estaba en libertad provisional, de vez en cuando hacía unas escapadas a Zaragoza y casi siempre volvía en una camioneta que llevaba a los oficiales.
El capitán médico le mandó otra y otra tanda de inyecciones dejando unos días libres de una a otra, hasta que en fecha 22 de Julio se recibió testimonio de auditoría de guerra comunicando que había sido sobreseída definitivamente la causa que me instruyó por no estimar que los hechos acaecidos dieran lugar al delito de deserción.
Pero antes de todo esto, un buen día se presentó en el botiquín el brigada Planas con la pretensión que le diera un frasco de alcohol para desinfectarse porque terminaba de cortarse el pelo y afeitarse y se lo negué, alegando que ese alcohol lo necesitaba yo para friccionarme para que me saliera el pelo con más fuerza. Montó en cólera y le argumenté que le curaría cuando entrara en el botiquín con las tripas fuera y sólo le daría el alcohol si me lo pedía por escrito.
Cuando llegó el capital al día siguiente, le conté lo que me había ocurrido y mandó al ordenanza que buscara al brigada. Al ponerse a sus órdenes, le dijo Si vuelve Ud a molestar a alguna persona de este botiquín, le pego una patada en las ubres que se las deshago, porque Ud no tiene cojones. ¡Cuántas veces más me hubiera podido machacar el brigadita!
Cuando le dije a la cantinera que ya se había resuelto mi problema, me dijo que si quería un permiso de quince días, se lo pedía al coronel. Al día siguiente me lo dio con el correspondiente pasaporte por ferrocarril hasta Cuenca. Me fui, disfruté del permiso y con toda puntualidad, por si las moscas, al terminarse volví a mi cuartel. Me distinguía toda la oficialidad y algunos, el primero el alférez auditor, se extrañaban que el sobreseimiento de mi causa se hubiera hecho con carácter definitivo. No conocían otro igual pues todos eran provisionales.


El día 3 de octubre llegó la orden de licenciamiento y el día 6 sin esperarme a las próximas fiestas del Pilar, salí para mi Cuenca no sin antes hacerle un visita a la Pilarica para darle las gracias por poder contar todas esta desagradable odisea que ni siquiera se la deseaba al teniente Planas, ni al sargento gallo, se ve que las “clases” no me caían bien y digo yo, ¿por qué será?.
Unos días antes de licenciarme paseaba por la calle Alfonso con mi compañero Ramón Colón, yo no vestía ropa caqui, llevaba una guerrera negra, camisa azul y pantalón caqui con botas altas, y de pronto nos paró un coronel mutilado y dirigiéndose a mi me dijo Ud es un mal militar y un mal falangista ¿no sabe que hay que saludar a los superiores? Le contesté, perdone pero iba distraído y no le he visto. Dijo él pues retroceda veinte metros y cuando llegue a mí, haga el saludo y después hablaremos. Yo sin dudarlo, retrocedí veinte metros y muchísimos más porque me escabullí por la primera calle que encontré.

Como se había quedado Colón junto a él le preguntó mi nombre y a qué unidad pertenecía, pero le dijo que no lo sabía, que me acababa de conocer al salir del Pilar pero creía que no pertenecía a ninguna bandera de la falange puesto que el uniforme no era de soldado, sino de jerarquía. El coronel se enfureció, pero ahí se quedo la cosa.


En el año 1941, siendo yo jefe del departamento provincial del Servicio Social de la Mujer, mandábamos a algunas señoritas de las que estaban cumpliéndolo a oficinas, otras a comedores, guarderías, consultorios, etc., y entre las oficinas a las que acudían estaba la Delegación Provincial de Caballeros Mutilados con cuyo coronel yo tenía magníficas relaciones, pero nunca nos habíamos saludado porque él estaba muy impedido de las piernas y apenas salía del despacho, siempre nos comunicábamos por oficio o por teléfono.

Un buen día me personé en su oficina para cumplir un trámite de inspección y comprobar si estaban las cumplidoras que teníamos allí destinadas, y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el coronel me parecía que era el de la calle Alfonso. No le dije nada pero le pregunté al capitán que tenía con él y llegamos a la conclusión que efectivamente era él. A los pocos días volví a verlo y le conté lo ocurrido, no lo recordaba para incluso se quería disculpar. Así es la vida ¡Según te quiero, así te pinto!.


 

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