Memorias de un cautivo (1/3)

Contexto:

Como relaté en los anteriores artículos históricos que veréis en la parte inferior de este artículo, mi familia, por parte de madre, estuvo presente en la Guerra Civil Española, así como en la Segunda Guerra Mundial. Tuvimos la suerte de que dejaron relatos de sus vivencias en la Guerra.

Los relatos que leeréis a continuación, son las memorias del hermano de mi Abuelo, escritas de su puño y letra y transcritas aquí con el fin de ver otra perspectiva existente en la guerra. Sólo se han omitido los nombres relacionados con mis familiares.

Todos los relatos se han acompañado de texto en cursiva con la intención de poner más contexto histórico en las historias.

Memorias de D. Vicente *** ***** (23/11/1916 – 05/05/2002) – Cuenca

Mes de Julio de 1936

El golpe de Estado en España de julio de 1936 fue una sublevación militar dirigida contra el gobierno de la Segunda República surgido de las elecciones de febrero de aquel año que tuvo lugar en julio de dicho año, y cuyo fracaso parcial condujo a una guerra civil y, derrotada la República, al establecimiento de una dictadura, vigente en el país hasta la muerte del dictador Francisco Franco en 1975.

Me encuentro en Madrid en el mes de Julio y allí recibo la noticia del Alzamiento y posterior fracaso en Cataluña, Levante, Vascongadas, Asturias y parte de Andalucía, además de otros puntos menos importantes.

Vivía en una pensión de la calle Manuel Cortina y como abundaban las detenciones, encarcelamientos y “paseos” opté por irme a mi pueblo natal, Palomares del Campo (Cuenca) en la confianza de que allí nada malo ocurriría, pero a los pocos días nos vimos obligados a permanecer ocultos en distintos domicilios de amigos y pasar muchas horas en el campo, hoy por un paraje determinado, mañana por otro totalmente opuesto.

Mis padres y mi hermana se refugiaron en Zafra de Záncara (Cuenca) en casa de unos parientes y mis hermanos y yo pululábamos por Palomares pues apenas podíamos entrar en nuestra casa, ya que el “Comité” se había incautado de todos los bienes muebles e inmuebles, semovientes, etc., incluida la cosecha de 1935 que aún estaba en las cámaras, juntamente con la del año 1936 que en aquellas fechas se estaba recolectando.


Al terminar la guerra nos encontramos con las cámaras vacías y dos mulas viejas.
Palomares vivió momentos muy difíciles y sumamente peligrosos que se salvaron felizmente gracias al patrocinio de la Virgen de la Cabeza que durante toda la guerra tuvo unas lamparillas encendidas en casa de una buena devota, y la valiente intervención de Agustín Álvarez (“el cestero”) anarquista en Cuenca que con mucha arrogancia y extremada exposición se enfrentaba con cuantos intentaban hacer alguna redada y posterior escabechina, al igual que iba ocurriendo en la mayoría de pueblos de alrededor (Montalbo, Torrejoncillo del Rey, Villarejo de Fuentes, Almonacid, Villamayor de Santiago, etc., etc.) que los montaban en camiones y a los pocos kilómetros, en cualquier cuneta, les daban el paseo sin más interrogatorio ni juicio, basándose en los cargos que aparecían en una simple denuncia, muchas veces verbal, en la que los cargos que se les hacían era que iban mucho a misa, que tenían amistad con los curas, Guardia Civil y cosas parecidas, pero silenciaban que la mayoría de esos señores en momentos de falta de trabajos temporales eran los que les llenaban los costales de trigo y las alcuzas de aceite y que el pago que recibían era llevarles al paredón.

Movilizados mis dos hermanos y viendo que en breve también me tocaría a mí, en Junio de 1937 juntamente con mi primo hermano Antonio *** **** nos fuimos voluntarios a la División 43, antes Columna del Rosal formada por las brigadas 59, 60 y 61, que eran precisamente en las que estaban mis hermanos para ver de conseguir junto a ellos algún enchufe, como así fue, pues a mi primo le destinaron a Intendencia de la 61 y a mí a Sanidad de la 59, que en aquellas fechas se encontraba en Embid y Sitio Bajo, reorganizándose para salir hacia el frente de Teruel.

La 43.ª División fue una de las Divisiones del Ejército Popular republicano que se organizaron durante la Guerra Civil española sobre la base de las Brigadas Mixtas para defender la Segunda República española. Popularmente es conocida como la Heroica.2

Casi todos los mandos procedían de la Columna del Rosal y la mayoría con militancia en la C.N.T., el Jefe era un tal Neira (antes albañil) y Fausto era el Comisario político.

El Comandante médico de Sanidad, Donato Nombela, no era rojo como luego se verá y teníamos a los médicos José Cosme y Rico, ambos capitanes, y a los tenientes Ángel Pérez, Juan Rodero y otro cuyo nombre no recuerdo, el teniente practicante Félix Camarero y otro y el personal auxiliar integrado por varios sanitarios y camilleros entre los que estaban Luis López Culebras, Mariano Castellanos “Litri”, Claudio, Polín, etc., y cómo es lógico, yo mismo.

Los batallones tenían su plantilla de médicos, practicantes, etc., y los que nombro antes fuimos los que nos hicimos cargo del Hospital de Vanguardia del que en su momento haré mención especial.
Como estaba bastante más ágil que ahora, me distinguieron nombrándome Instructor de Gimnasia y Deportes y ahí me tienes, recordando las clases que años antes había recibido en el Colegio Maravillas.

“Reorganizada” la brigada, salimos para el frente de Teruel haciendo unas etapas en Cañete y Salvacañete para luego instalarnos en el Hospital de Vanguardia que se montó en un barracón de madera en las afueras de un pueblecito de Teruel que se llama Toril, próximo a Jabaloyas, Saldón, Albarracín y otros en cuyos términos se estaban librando duros y sangrientos combates que culminaron con la toma de Teruel por parte del Ejército Republicano. Muchos de los heridos, sobre todo los más graves, nos los llevaban al Hospital y se les practicaba una cura de urgencia, trasladándolos después a otro Hospital próximo a Cañete instalado en una finca conocida como el Cañizar o también al Hospital de Cuenca. Muchas veces fui de sanitario responsable de la ambulancia y en más de una ocasión, se nos morían los heridos en el camino.

La mayoría de los heridos que nos traían eran milicianos de la Columna de Hierro que apechugaron con la peor zona del frente. Muchos eran valencianos, como F. Molina.

Puede imaginarse en las condiciones de higiene, asepsia, etc. en las que trabajamos y vivíamos, cuando carecíamos de energía eléctrica, agua, etc., puesto que como antes dije el Hospital estaba montado en un barracón de madera prefabricado. Como en pocos días tuvimos tantas bajas que casi diezmaron en su totalidad los efectivos de hombres de que disponíamos, nos relevaron para “reorganizarnos” de nuevo.
En Septiembre volvimos a Embid, Mariana y Villalba de la Sierra y los de Sanidad nos acomodamos en una finca conocida como El Sitio Bajo a 18 Kms. de Cuenca, en la carretera de la Ciudad Encantada. De comodidades, higiene, etc., mejor no acordarse y menos mal que el río Júcar lamía las tapias del caserón que ocupábamos, lo que nos permitía darnos algunos chapuzones en sus gélidas aguas.
En este mismo edificio se instaló lo que era el Estado Mayor de la Brigada, teniendo como jefe a un Capitán y de comisario político a Fausto, para mí más bien infausto. Por necesidades del servicio a mi me pasaron a la Plana Mayor para desempeñar una labor administrativa.


Allí estuvimos conviviendo hasta el día 2 de Diciembre, fecha en la que nos detuvieron a varios de Sanidad y a otros como Antonio *** y Germán Leis que prestaban servicio en Intendencia de la Brigada 61 y destacados a unos 1.500 metros de nosotros.
Cómo es lógico, alternábamos con todos los que vivían en Sitio Bajo y teníamos nuestros ratos de ocio y juergas que mucho a veces terminaban con más que voces, pues en el fondo no podríamos dejar de ver que aquellos con los que teníamos que convivir eran nuestros enemigos y elementos de mucho cuidado que nunca abandonaban sus gorrillas de visera y pañuelos rojos y negros como buenos militantes de la F.A.I. o C.N.T. procedentes de la tristemente célebre Columna del Rosal. Decía un profesor mío que la simpatía y la antipatía eran recíprocas, y es verdad.
Aunque dejé de pertenecer a Sanidad, seguí durmiendo en la misma habitación que antes y cada noche nos reuníamos en un escondite en torno a un aparato de radio para oír las noticias y luego la emisión que hacía Radio Nacional de España con Queipo de Llano en Sevilla, porque era un verdadero lenitivo que nos ayudaba a levantar la moral para poder sobrellevar lo mucho que teníamos encima.

La Federación Anarquista Ibérica (FAI) es una organización fundada en 1927 en Valencia, como continuación de tres organizaciones anarquistas, la portuguesa, União Anarquista Portuguesa y las española Federación Nacional de Grupos Anarquistas de España y Federación Nacional de Grupos Anarquistas de Lengua Española en el Exilio teniendo de esta forma un ámbito de actuación ibérico. En la actualidad la organización forma parte de la Internacional de Federaciones Anarquistas.

Entre el personal de milicia había un sargento apodado el Gallo, cuya profesión anterior había sido la de cargador del puerto de Sevilla. Presumía de gallito peleón y gozaba con promover disputas y pendencias y le gustaba desafiar amigablemente a echar un pulso o un estiragarrote o simplemente como si fuera un combate de lucha libre a ver quien volcaba antes a sus oponentes. Yo tenía entonces 20 años y pesaba 96 Kg, pero de músculo porque fui muy aficionado al deporte y a la gimnasia que practicaba en la Gimnástica de Madrid, y aunque el célebre gallo me provocaba y retaba para medir las fuerzas. Yo procuraba eludirlo pero llegó un momento en que se me hincharon las barbas y dije, vamos a ver quién le pica la cresta al otro. Primero echamos varios pulsos y siempre me ganó, pues tenía una habilidad especial en el juego de muñeca. Después en unos estiragarrotes siempre le vencí (él pesaría unos 70 Kg) y por último unas caídas y como veía que no podía con mis 96 Kg me susurró al oído insultos en alguno de los cuales en mala hora se acordó de mi madre y allí se me llenó el vaso y sin más contemplaciones la emprendí con él dejándolo como un trapo. Al día siguiente se apuntó a reconocimiento y se le dio baja de servicio durante varios días. Me juró varias veces que se vengaría del ridículo en el que le había dejado.
Quizá por imprudencia de alguno de los que asiduamente acudíamos cada noche a oír el parte de guerra, llegó a conocimiento del comisario que sin más contemplaciones procedió a nuestras detenciones.
Como antes he dicho, yo estaba en la plana mayor y entre otros mi cometido era redactar la consigna para la guardia, por lo que a última hora de la tarde del día 2 de Diciembre de 1937 cuando estaba en la oficina mecanografiando el texto de la de aquella noche, se oye la pregunta  PAN y la respuesta TOROS, de pronto se abrió la puerta y apareció el comisario acompañado de un cabo y dos números armados y me preguntó cómo me llamaba, a lo que contesté vete a hacer puñetas. Volvió a hacerme la misma pregunta y le contesté en la misma forma, se encabritó y me preguntó por tercera vez. Dándome cuenta que la cosa se ponía fea le dije mi nombre y apellidos.

Seguidamente ordenó al cabo: Cabo de Guardia, Vicente *** **** rigurosamente incomunicado, a la habitación y tráigame todo lo que lleve encima, menos la ropa. Comprendí que no era broma pero poco podía hacer en mi defensa por no poder imaginarme el por qué de su actitud.
En la habitación había una mesa de cocina y muchos sacos llenos de trigo, estaba sin luz porque el interruptor lo tenía fuera. Después de un par de horas vino el comisario con el sargento gallo y otro más (cuyo nombre no recuerdo) y empezaron a interrogarme – pero en términos que no podía contestar porque desconocía el asunto- me amenazaron con apalearme si cuando volvieran no declaraba y ….. …… ….. Me dejaron en paz.
A su vuelta lo hicieron en un tono muy paternal tratando de convencerme para que dijera lo que ellos querían y así evitaría que tuvieran que emplear la violencia, pero en vista de su silencio la emprendieron a tortazos y me dijeron que habían detenido al comandante médico Nombela, al teniente médico Ángel Pérez Sánchez, al sargento Rabaneque, a Luis López Culebras, Mariano Castellanos, Germán Lis, a mi primo Antonio ****, al capitán de transmisiones *** Valencia y a varios más y que ya sabían que estábamos organizando un complot para pasarnos todos a Zona Nacional tan pronto cómo llegáramos al frente de Teruel. Como insistía que no sabía nada, siguieron torturándome hasta casi perder el conocimiento. Cuando me rehíce un poco me di cuenta que en la habitación tenía por compañeros una verdadera legión de simpáticos ratones muy gordos y lustrosos, pues el trigo no les faltaba.

 


 

Pasé el día 3 sin que me molestaran hasta que a la caída de la tarde me subieron a lo que era mi oficina y allí me hicieron un nuevo interrogatorio acompañado de no pocas torturas aumentando las amenazas de muerte si no declaraba como, según ellos, ya lo habían hecho otros.

 


 

El día 4 nueva visita cariñosa y un folio para que firmara lo que ellos habían escrito, cosa que no consiguieron. Me leyeron lo que otros habían declarado acusándome. Entre los declarantes figuraba mi primo Antonio. Igual habían hecho con los demás mostrándoles el folio que yo había firmado, habían falsificado mi firma cómo luego quedaría aclarado.

 


Al amanecer del día 5 oí una descarga cerrada y al poco tiempo vinieron a por mí y se sacaron a una era que había en la parte posterior de la casa, nada más cruzar un puente sobre el río Júcar y allí me estaba esperando el gallo que empezó a abofetearme y como cuando echamos las caídas, se volvió a acordar de mi madre y le solté un mamporro que cayó al suelo. Seguidamente me ató las manos a la espalda y me infló a golpes mientras me decía ¿Ves ese que hay ahí fusilado? Es Culebras que no ha querido declarar y ahora te toca a ti, así es que si en el plazo de tres minutos no hablas, puedes darte por muerto. Pasó el plazo dado y ordenó al cabo que formara al pelotón de ejecución y a mí me situara a unos 20 metros, próximo al cuerpo sin vida de Luis. Me coloque en el lugar señalado y a su vez él fue junto al pelotón y dando la voz de apunten, fuego! Silbaron las balas por encima de mi cabeza y de pronto se levantó del suelo el que decían que era Culebras y acercándose a mi me dijo: “hostia que susto te hemos dado”, ni que decir tiene que yo sentí como que me habían matado, pues para mí fue esa la impresión pero con la suerte que todo fue un puro simulacro de fusilamiento, teniendo la enorme suerte que ninguno errara el tiro.

Para quitarme el susto me dieron una copa de aguardiente (yo creo que a falta de hiel) y me volvieron a mi “checa” hasta que a eso de las cinco de la tarde me sacaron y me hicieron subir a un coche en el que estaba sentado el comandante médico D.N.G.

Nos custodiaban un sargento y un soldado además del chófer. Al rato de ir en marcha, Nombela me cogió de la mano y me dijo: Vicente, nos dan el paseo. Mientras yo rezaba, el sargento decía que ya nos quedaba poco. En un camino de herradura que se adentraba hacia los pinares de Embid, nos bajaron del coche y nos hicieron avanzar por entre los pinos, nos decían pa que vamos a andar más, aquí mismo los despachamos. Tras numerosos insultos nos dieron unas bofetadas y nuevamente nos metieron en el coche y comentaban que era mejor llevarnos a las tapias del cementerios de Cuenca (allí fusilaron a muchos) pero al llegar al puente de San Antón torcieron hacia la izquierda y luego por el puente de la Trinidad, calle Ancha y Alfonso VIII, hasta la anteplaza de la Plaza Mayor y desde allí, por la angosta calle del Canónigo Ayala, subir a la Plaza de la Merced e introducirnos en el Seminario Conciliar de San Julián (de voluminosa arquitectura con una magnífica portada barroca que, por falta de tiempo, no pudimos admirar).

Una vez en el seminario nos hicieron una ficha con filiación completa incluso con huellas dactilares y nos instalaron en unas celdas de la planta sótano. La mía tendría 25 o 30 m2, una ventana que daba a la calle Alcázar, o sea por, la que se accede a la plaza de Mangana en cuya torre hay un reloj conocido por este mismo nombre.

En esta celda pasé las Navidades de 1937 y recibí a 1938.

Una mañana, no amanecía, y es que cayó tal nevada que tapó la ventana de la celda que estaba a altura de la calle. Pasé un frío tremendo, sin más prenda de abrigo que el capote manta que tenía puesto en el momento que me detuvieron. En el catre de tablas de madera tenía una colchoneta de esparto en la que me pasaba el día y la noche, acurrucado y rezando. De allí solo salía para ir al servicio acompañado de un centinela y cuando me llevaban a declarar ante el temible Saavedra y el no menos sanguinario Ismael. El primero juntamente con un tal Arellano era el jefazo del SIPM de cuenca y su provincia .

El Servicio de Información y Policía Militar (SIPM) fue la agencia de inteligencia que existió en la zona sublevada durante la Guerra Civil Española y durante los primeros tiempos de la Dictadura franquista. Durante la contienda jugó un importante papel en el establecimiento de la “quinta columna” en la zona republicana.1

Uno de los centinelas (que sin duda pensaba más o menos como yo), se me ofreció para llevar algún mensaje a algún familiar o amigo y aproveché para pedirle a Doña Justa una manta, una camiseta y una cuchara, que me llevó inmediatamente, favor que nunca olvidaré y que al terminar la guerra pude devolverle con creces al conseguir sacar a un hijo suyo del campo de concentración de San Juan de Mozarrifar (Zaragoza) ya que el único delito que le podían imputar era que fue oficial de Sanidad del ejército rojo.

En otra ocasión envié otro mensaje a Agustín Álvarez el cestero para que viera la forma de sacarme de allí pero no lo logró y me consta que hizo innumerables gestiones.


En la noche del día 6 me subieron a declarar ante el tal Saavedra (un abogado señorito de Almería) al que acompañaban Ismael y otro que tomaba nota de las declaraciones. Cuando me devolvían a la celda iba bien templado.

Esta operación se repetía con muchísima frecuencia hasta que el día 28 de enero nos llevaron al convento de las Carmelitas Descalzas que tiene unas galerías y ventanas con vistas a la Hoz del Huecar desde las que podíamos contemplar uno de los más bellos rincones de Cuenca. Al entrar en las Descalzas nos recibió su director, Don Antonio. Había un oficial de prisiones que se llamaba Barreña y nos hicieron nueva ficha de filiación, por cierto, el escribano era D. Ramón Melgarejo y Baillo, más concretamente de Barchín del Hoyo, señor éste que también estaba preso.

Allí me junté con el resto de los detenidos de la brigada. A mi primo Antonio y otros, los pusieron en libertad desde el Seminario. También estaban detenidos otros civiles de Cuenca que decían estaban complicados con nosotros en el célebre complot. A todos se nos advirtió que podíamos comunicarnos entre nosotros pero que quedábamos incomunicados con el resto de la población penal y con la calle. Como se ve una medida muy inteligente.
El primer encuentro entre nosotros fue muy desagradable porque todos nos echamos en cara las quejas que teníamos “Tú me acusaste de …., y el otro decía y tú a mí de ….. Enseguida comprendimos que todo había sido una patraña amañada por nuestros torturadores.

En las Descalzas ya no se nos molestó con declaraciones y por tanto se acabaron los malos tratos. Se hacía más llevadera la carga que tratábamos de soportar entre todos pensando en cual sería nuestro futuro. Teníamos agua abundante, desde luego fría, que nos permitía asearnos bien todas las mañanas, como muy bien lo podría confirmar López Valencia. Ocupábamos unas galerías que como antes dije tenían vistas a la Hoz del Huecar.

Al enterarse mi novia Petra, destinada en Valencia, que yo estaba detenido en Cuenca, pidió el traslado al Instituto de Segunda Enseñanza y tan pronto como se lo concedieron se fue allí para poder estar cerca de mí y ayudarme en la medida de lo posible. Teníamos en la cárcel unos ordenanzas, también presos, que nos comunicaban con la calle todo lo que podían, se llamaban Juan Domínguez Barreda y el fraile y ellos jugándose el tipo, hacían llegar a nuestras familias algunas notas que ellos contestaban y nos pasaban los paquetes de comida, ropa y tabaco que nos llevaban.

Cuando hacía buena tarde Petra y Aurelia subían a Las Angustias y se paseaban por el puente de San Pablo y como yo las esperaba y sabía que irían tocadas con pañuelos en la cabeza, desde mi encierro me hacía la ilusión de estar con ellas.
Petra consiguió por mediación de un amigo, llamado Jesús Torrecilla que tenía un cargo de alguna responsabilidad, que le dieran una autorización para verme y acompañada de Aurelia y Javier Romero, un buen día, me dio la enorme alegría de poder estar un rato juntos, aunque separados por las fuertes rejas del locutorio, que era el que tenían las monjas de clausura que allí había habido. En los vértices de la reja había unos pinchos y tanto se aproximó Petra que con uno de ellos se hizo una picadura en la frente ( le sangraba bastante y que tuvo que ser curada por un médico que estaba detenido llamado Benjamín Sevilla). Aún conserva la cicatriz.
Pregunte a Petra por mi primo Antonio y me dijo que le habían puesto en libertad unos días antes a lo que yo indignado contesté: Así se comprendían las declaraciones que hizo en contra mía y de los demás, y me aclaró Petra, no pienses mal porque igual le pasó a él, pero se dio cuenta que en una declaración firmada por ti figuraba su apellidoapellido familiar mal escrito” y les dijo que esa declaración no la había hecho su primo porque no es posible que ponga su segundo apellido con “Yen vez de “Ll”. Como es lógico, a partir de entonces comprendía perfectamente la argucia empleada y rectifiqué.


[…]

Comments

comments